Por eso de que si el mar fuera sólo agua, lloraría de todo menos a mares; eres la gota que colma mi vaso.
Por eso de que si el viento fuera sólo aire, nuestro secreto no volaría proclamado a voces; a veces es mejor callarse en días de nordeste.
Por eso de que si el fuego fuera sólo llamas, ascuas y cenizas... este infierno estaría condenado al fracaso; segundos fénix nunca fueron buenos.
Por eso de que si la tierra fuera sólo roca y polvo no estarías a tan solo un granito de arena de hacer caer mi duna y descubrir el oasis que oculta este desierto.
Por eso de que si los versos fueran besos, te versaría en la boca hasta a-rimar nuestros deseos...
lunes, 21 de diciembre de 2015
jueves, 9 de julio de 2015
Vive
¡Eh, tú! ¿A qué viene esa cara tan larga? Vamos, sonríe. Siéntate
y lee, escribe un relato, compón una melodía, escucha tu canción favorita. O sal
de casa, pasea, corre, salta. Llama a un amigo y tomaos una cerveza juntos. Compra
una rosa, regálasela a esa chica que te cruzas por la calle cada día de camino
hacia el trabajo, y dile hola. Gasta más tiempo, y menos dinero. Hazlo en los
tuyos, con los tuyos, para los tuyos. Y hazlo en ti, pues eres el primero que
merece tus segundos. No seas egoísta. Regala cariño, regala comprensión, regala
miradas, regala un abrazo, regala una palabra amable, regala pensamientos
agradables…regala tu amor. Ama. Ámate a ti, con tus manías, con tus torpezas,
con tus limitaciones, y por supuesto con tus cualidades. Invierte esfuerzo en
conocerte, en descubrir nuevos límites, en repasar los antiguos. Conoce mundo,
conoce tu casa. Hurga en tu mente, busca preguntas, encuentra respuestas; pero también al revés. Y cuando seas capaz de quererte y comprenderte ama a otro, y hazlo incondicionalmente; sin tapujos, sin tabús, sin vergüenzas, sin barreras de ningún tipo. Dale todo
lo que has descubierto, y deja que explore el entramado sendero que has
recorrido. Sin darte cuenta, estaréis creando un camino cada vez más largo.
Pero tranquilo, simplemente sigue andando. Si tropezaste, atrás quedó; de la
meta nadie sabe, así que no te agobies y respira hondo. Cierra los ojos e
imagina que el ruido desaparece, que sólo existes tú. Ábrelos, y mira al cielo,
admira su inmensidad, deja que te llene. Mira a tu alrededor. No estás solo.
Millones de personas marchan cada día igual que tú,
cabizbajos, ensimismados en sus problemas. ¿Lo ves? Están esperándote. Están
esperando a que les llames para tomar una cerveza, que les digas hola, que les
regales una rosa. El indigente de la esquina puede necesitar tu dinero, pero
también tu tiempo. Regálaselo. Ámalos a todos, y deja que ellos te amen.
Conócelos, y construid vuestro nuevo camino. Apoyaos en el otro al tropezar,
que así la caída dolerá menos. La meta sigue siendo la misma, pero el llegar se
hace mucho más ameno si es acompañado.
Y entonces cerrad los ojos. Imaginad que el ruido
desaparece, que ya no sólo existirás tú. Ahora, abrid los ojos, mirad a la
persona de vuestro lado, y admirad su inmensidad. Observad a vuestro alrededor.
Y volved al principio.
miércoles, 20 de mayo de 2015
Historias en la piel
Un pequeño contacto. Es todo lo que necesito para comenzar a
escuchar una historia con tintes de leyenda popular. Muchos más la contarán,
pero nadie como puedo hacerlo yo. Escúchalo, ¿lo oyes?. Es mi piel, pidiéndote
que no me sueltes. Sigue narrando, que estoy disfrutando de cada sílaba que no
pronuncias. Acaricia mis páginas, siente los escalofríos que recorren cada uno
de mis renglones. Escribe con tus manos, píntame, que yo seré tu lienzo. Y por
favor, hazlo de forma alocada y sin sentido, sin puntos ni comas. ¿O es que
acaso no sientes los celos de cada célula que no recorres, la envidia de cada
uno de los espacios que dejas entre palabra y palabra?
Así, no pares. Que tus yemas en mi espalda redacten la
portada de mañana. Aráñame, que las diez plumas afiladas de tus dedos son
pequeños Harakiris al Cupido que decidió no dispararme su flecha. Jódete
Cupido, me he cambiado de editorial. Y si has disfrutado del prólogo, siéntate
y espera. Que no hay nada más excitante que mi lengua arrancando momentos
íntimos consonante a consonante. Deja que ella ponga las vocales, y esas sí,
que suenen bien alto. Que nuestra saliva moje los folios uno por uno, hasta
finalizar este diccionario encuadernado por mis sábanas.
Dios, creo que esta historia se nos está yendo de las manos.
No es un final de cuento, pero qué sordos están los vecinos si no escuchan cada
una de nuestras mayúsculas, cada uno de nuestros embistes, cada una de nuestras
pasiones, desplazándose por nuestros brazos, nuestras piernas, nuestros labios.
Que sabrá Ulises de Odiseas si no ha sentido tu mano en su nuca. Que Dante
caiga al infierno, que arda Troya, que no existe fuego como el del cierre de nuestra
Epopeya.
No hay epílogo alguno que escribir, ya está el tintero
vacio. Y sin embargo, aún está todo por decir.
Porque la boca habla, los gestos cuentan, y la mano escribe.
Pero es la piel la que narra las historias más bellas jamás no escuchadas.
lunes, 18 de mayo de 2015
Coincidencias
Un gato negro que pasó bajo una escalera apoyada en los restos de un espejo roto, felino de buena ventura. Pura coincidencia. Una bolsa de papel repleta de naranjas que se rompe a la puerta del supermercado, manos entrecruzadas, miradas devorándose. Coincidencia, nada más. Reloj adelantado en la muñeca de aquel que llega tarde a su propia vida, retrospección y puesta a punto. La más grande de las coincidencias. Sirenas de camiones, bomberos extinguiendo un infierno, avivando sin quererlo con su llegada la llama de la esperanza en los ojos de familias temerosas, que lloraban intentando ayudar a las mangueras. Todo coincide. Autobús equivocado, paseo mañanero, destinos de ensueño que al final nos encontraron. Coincidió que coincidía. El son de una guitarra, melomanía y alcohol, tres metros de hierba fresca, mar verde de distancia que nadamos hasta hallarnos en el mismo barco. Coincidencia pura y dura…
¿Coincidencias? Así las llaman, pero hace mucho que dejé de creer en cuentos de hadas.
¿Coincidencias? Así las llaman, pero hace mucho que dejé de creer en cuentos de hadas.
sábado, 2 de mayo de 2015
Sobre un balancín
De un lado a otro.
De soñar a cerrar los párpados,
oscuros telones de mis no actos cuando aparto la mirada.
De las llamas hasta hoy.
¿Por qué llaman presente a un día
ahogado en las escarchadas cenizas de lo que fuimos?
De derecha a izquierda;
cortando cada cabeza, arrancando cada ideal
de una hidra cuyo propósito no es sino el de devorarnos.
Del cielo a nuestro correspondiente lugar.
En busca de la ingravidez momentánea,
sin avistar la eterna gravedad de la sin razón humana.
Camino de cotidiana tristeza
enfundada en una capa de banal alegría,
idealizada como la absoluta felicidad; corrupta Roma.
Sobre el balancín, como niños.
Recorriendo una vida oscilante tallada en roble.
De un extremo al otro, extraña búsqueda del equilibrio.
domingo, 9 de noviembre de 2014
España: una, grande y perdida.
“No
podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos” Albert Einstein
España, desde hace ya unos cuantos años, se ha
convertido en uno de los mayores ejemplos de decadencia gubernamental, moral, y
sobre todo, intelectual, en toda Europa. Y pese a que nos encante tirar pelotas
al tejado de la casta política, o mejor aún, tirar piedras a la policía
nacional, lo cierto es que no nos damos cuenta de dónde se arraiga la raíz del
problema; en nosotros.
Si tuviéramos que definir al español medio, nos
bastaría con nombrar dos características que dejan entrever ya las causas de
nuestra situación actual. La primera y más indudable es que el español sabe de
todo. Da igual cuál sea el tema de conversación, ya que cualquiera de nuestros
compatriotas tendrá una opinión madura, bien formada, y sobradamente
fundamentada (véase la ironía) que defenderá con uñas y dientes a costa de su
propio idiotismo. Y la segunda y no menos importante es que un español es la
marioneta más cómoda y fácil de manejar del mercado del juguete. Tan solo
llénale de información confusa y entremezclada, y observa como su cabeza se
llena de datos y frases preestablecidas que serán captados como verdad absoluta
sin ningún tipo de duda previa.
Así nos va. El español es el único ser sobre la
tierra capaz de quejarse sobre la crisis (que gran palabra) y criticar a
aquellos que se manifiestan contra ella en un mismo día. Es el único que
ensucia el nombre de su país con miles de insultos como peculiar manera de
protestar por su frágil situación económica, y que más tarde gastará los
ahorros de una larga temporada y se pintará la cara con su bandera para animar
a un equipo de 22 mercenarios que perciben más dinero en un mes que él/ella en
toda su vida. Fútbol, el opio del pueblo…Dale a un español fútbol y noticias
sobre el Ébola, y disfruta metiendo la mano en su bolsillo. Puedes estar
tranquilo, no va a enterarse de nada.
Para aquellos que piensen que frivolizo con un
tema tan grave y actual como es el Ébola, sepan que como profesional sanitario
que soy, me lo tomo muy en serio. Pero me gustaría recordar a mucha gente que
mientras los casos de posible contagio (ni siquiera son asegurados) por dicha
enfermedad en nuestro país no han alcanzado siquiera el centenar, otra enfermedad
mucho más grave se extiende entre nosotros como una verdadera pandemia: la
pobreza. Ya en 2013 el 21´8% de la población vivía bajo el umbral de la
pobreza, y un 6´8% eran casos severos (menos de 307 euros al mes), según datos
de la EAPN. Estos datos suponen respectivamente unos 9 millones y 3 millones de
personas aproximadamente. No concuerdo en prácticamente ninguna de las “ideas”
que nuestra actual ministra de Sanidad ha propuesto a lo largo de los últimos
años, pero el trato que le estamos dando no me parece justo. Mucha gente de a
pie pide su dimisión porque no ha sabido
llevar la situación o porque las
medidas que han sido tomadas han sido insuficientes e improvisadas. Es más
que evidente que la señora Ana Mato se ha visto desbordada por este problema,
pero ¿qué esperaban? La enfermedad del Ébola ha sido inexistente para España
durante años, nunca nadie se preocupó por ella, y de ahí la falta de medios
para afrontarla. Parece que todos saben cómo abordar el tema, todos conocen las
formas de contagio del virus, todos conocen los protocolos de seguridad que
deberían haberse tomado en una situación de esta índole. De todos aquellos que
tanto saben ¿Cuántos han propuesto una solución real? Yo les diré la respuesta,
ninguno.
Abandonemos la hipocresía que de cara a toda
Europa nos define, dejemos de un lado todos los falsos prejuicios que nos
caracterizan, y sobre todo, abramos los ojos. No nos dejemos engañar, distraer,
o manipular por información dirigida y canalizada con un único objetivo, la
idiotización social masiva. Como dijeron mis padres, y seguramente los
vuestros: Que el árbol no te impida ver el bosque.
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Un soplo de aire fresco
Un soplo de aire fresco. Así se hace sentir cuando llega,
realzándose a sí misma, trayéndome su perfume apenas perceptible, suave e
hipnotizante. Bamboleando su pelo liso y negro, de un lado hacia el otro, como
si del ala de un cuervo en pleno vuelo se tratara. Con esos pantalones vaqueros
que tan bien le sientan, y esa sudadera que le hace parecer una niña enjaulada
en el cuerpo de la mujer más bonita que jamás haya visto. Me ve, y anda rápido
hacia mí, con ese caminar suyo tan nervioso, típico de esa persona que es ella,
pura vida. Y aquí está, a mi lado, como si todo ese tiempo que tan largo se nos hizo sin poder vernos se esfumara sin más, dejando únicamente mil historias por
contar. Está tan cerca que percibo cada detalle. Sus ojos, oscuros y saltones,
mezcla entre cielo y abismo. Sus orejas, camufladas bajo el vaivén de su
melena, mostrando unos pendientes sencillos, bonitos y elegantes, vivo reflejo
de sí misma. Y su sonrisa…si sólo pudiera disfrutar de un momento con ella, sin
duda sería este. Ese preciso segundo antes de decir mi nombre, ese instante en
que su boca se transforma en la más bonita de sus curvas, ese lapso de tiempo
en que incluso el frío, las nubes, la noche cayendo lentamente sobre
Madrid…todo eso se aparta y se postra ante ese repentino y fugaz rayo de luz
que calienta y reconforta.
Y entonces nos
abrazamos, nos reímos, y tú me preguntas que tal estoy. Nunca mejor, podría haberte
respondido. Pero soy idiota, y me conformo con un inaudible bien que apenas
percibes. Paseamos durante mucho tiempo, disfrutando de las vistas y recovecos
que la capital esconde entre sus altos edificios. Y parece que a cada paso que
damos, recordamos algo nuevo que aún no nos hemos contado, y no paramos de
charlar sobre todos los temas importantes que nos atañen, mezclados en un
popurrí de bromas y chorradas de las que sólo nosotros podríamos reírnos. Vaya,
parece que ese soplo de aire fresco te persigue allí donde vas, porque no dejo
de notarlo, levantando mi ánimo hasta límites insospechados.
Y nos dieron las diez
y las once, como diría Sabina. La cuestión es que el hambre empieza a hacerme
rugir la tripa más de la cuenta, y sin duda te has dado cuenta. Te ríes. Qué
vergüenza, pienso para mí. Pero no puedo evitar reírme contigo, porque en
verdad, es lo que más me apetece. Porque contigo, no hay cosa incómoda, no hay
tabús, no existen más límites que nosotros mismos. -¿Tienes hambre?- me preguntas.
Como si no supieras la respuesta. No sé a dónde nos dirigimos, pero la verdad,
tampoco me importa. De repente llegamos a un edificio que jamás había visto, me
dices que entre, subimos al ascensor, y voilá. Si esto no es la vista más
alucinante de todo Madrid, que venga alguien y me pellizque. Las luces de cada
piso, cada comercio, cada farola…todas parecen formar un laberinto de colores
que esperan a ser descubiertos desde esta terraza. Qué maravilla. Y entonces
llegas tú, y te apoyas como quién no quiere la cosa sobre la barandilla y miras
al horizonte con la vista perdida, sin nada que encontrar. Si tuvieras la capacidad
de ver a través de mis ojos, posiblemente harías lo mismo que yo, quedarte con la
boca abierta. Tu cara brilla iluminada en mil tonalidades que centellean sin
parar te da un aire lejano, como si realmente no estuvieras aquí, y yo ya no sé
qué hacer. Me acerco a ti, te rodeo con mis brazos y me quedo ahí, como un
tonto, disfrutando contigo de ese momento que sé que para ambos es especial,
completamente seguro de que lo aprecias tanto como yo. Y casi sin querer mis
manos y las tuyas se chocan, y mis dedos acarician tus brazos, recorriéndolos
hasta la punta de la uña, y noto como tú me devuelves el gesto. Cierro los ojos
y me concentro en tu tacto, y de repente todo el vello de mi brazo se eriza,
mientras un escalofrío recorre mis hombros, mi cuello, mi espalda…Vaya, parece
que el soplo de aire fresco que nos acompaña ha decidido hacer travesuras y
jugarme una “mala pasada”. Sólo espero que no te hayas dado cuenta, porque entre
él y mi sonrisa de niño pequeño me están delatando por completo.
Nuestra mesa está
lista según parece, así que vamos a sentarnos. Durante la cena nos sorprendemos
con un par de cosas (porque no sé cómo definirlas) que nos gustan, aunque creo
que ambos estamos deseando apartar alguna otra. Nos va a salir cara la jugada,
podría decir cualquiera de los dos, pero sería una bobada. Volvería a pagar lo
que fuera por repetir lo que ha sucedido hasta ahora. -Déjate de postres, vamos
a tomar algo juntos por el camino- te digo. Tienes que admitir que es una idea
estupenda, porque pocas cosas se disfrutan más que un último momento de
glotonería antes de llegar a casa, y más si el plan conlleva algo dulce. Aún
nos sobra tiempo para un par de bromas más, un par de tirones de carrillo, e
incluso un par de besos amistosos que demuestran que este cariño nuestro, esta
compenetración que tenemos, esta facilidad para hablar de todo y al segundo
disfrutar de un silencio cómodo y tranquilo…es total. -Vaya, empieza a hacer
frío- me dices, aunque yo apenas me había fijado. Y de pronto lo entendí.
No son corrientes, no es el viento. Eres tú.
Nada ni nadie nos perseguía. Ese impulso, esa bocanada de alegría que levanta
hasta el último de los pelos de mi brazo, esa sensación casi eléctrica de no
poder moverme cuando estoy cerca de ti, esa sensación de calor que me recorre
cuando tu sonríes…Tú eres el soplo de aire fresco que ha hecho que aquel día
(¿o está ocurriendo ahora?) sea uno de esos en los que me siento realmente
vivo, en los que noto cómo la alegría recorre cada neurona dentro de mí, en
los que nada y todo importa.
En resumen, un día en el que descubres el auténtico significado de la palabra Felicidad.
En resumen, un día en el que descubres el auténtico significado de la palabra Felicidad.
“Las mejores cosas de la vida no son cosas”
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