miércoles, 5 de noviembre de 2014

Un soplo de aire fresco

Un soplo de aire fresco. Así se hace sentir cuando llega, realzándose a sí misma, trayéndome su perfume apenas perceptible, suave e hipnotizante. Bamboleando su pelo liso y negro, de un lado hacia el otro, como si del ala de un cuervo en pleno vuelo se tratara. Con esos pantalones vaqueros que tan bien le sientan, y esa sudadera que le hace parecer una niña enjaulada en el cuerpo de la mujer más bonita que jamás haya visto. Me ve, y anda rápido hacia mí, con ese caminar suyo tan nervioso, típico de esa persona que es ella, pura vida. Y aquí está, a mi lado, como si todo ese tiempo que tan largo se nos hizo sin poder vernos se esfumara sin más, dejando únicamente mil historias por contar. Está tan cerca que percibo cada detalle. Sus ojos, oscuros y saltones, mezcla entre cielo y abismo. Sus orejas, camufladas bajo el vaivén de su melena, mostrando unos pendientes sencillos, bonitos y elegantes, vivo reflejo de sí misma. Y su sonrisa…si sólo pudiera disfrutar de un momento con ella, sin duda sería este. Ese preciso segundo antes de decir mi nombre, ese instante en que su boca se transforma en la más bonita de sus curvas, ese lapso de tiempo en que incluso el frío, las nubes, la noche cayendo lentamente sobre Madrid…todo eso se aparta y se postra ante ese repentino y fugaz rayo de luz que calienta y reconforta.
 Y entonces nos abrazamos, nos reímos, y tú me preguntas que tal estoy. Nunca mejor, podría haberte respondido. Pero soy idiota, y me conformo con un inaudible bien que apenas percibes. Paseamos durante mucho tiempo, disfrutando de las vistas y recovecos que la capital esconde entre sus altos edificios. Y parece que a cada paso que damos, recordamos algo nuevo que aún no nos hemos contado, y no paramos de charlar sobre todos los temas importantes que nos atañen, mezclados en un popurrí de bromas y chorradas de las que sólo nosotros podríamos reírnos. Vaya, parece que ese soplo de aire fresco te persigue allí donde vas, porque no dejo de notarlo, levantando mi ánimo hasta límites insospechados.
 Y nos dieron las diez y las once, como diría Sabina. La cuestión es que el hambre empieza a hacerme rugir la tripa más de la cuenta, y sin duda te has dado cuenta. Te ríes. Qué vergüenza, pienso para mí. Pero no puedo evitar reírme contigo, porque en verdad, es lo que más me apetece. Porque contigo, no hay cosa incómoda, no hay tabús, no existen más límites que nosotros mismos. -¿Tienes hambre?- me preguntas. Como si no supieras la respuesta. No sé a dónde nos dirigimos, pero la verdad, tampoco me importa. De repente llegamos a un edificio que jamás había visto, me dices que entre, subimos al ascensor, y voilá. Si esto no es la vista más alucinante de todo Madrid, que venga alguien y me pellizque. Las luces de cada piso, cada comercio, cada farola…todas parecen formar un laberinto de colores que esperan a ser descubiertos desde esta terraza. Qué maravilla. Y entonces llegas tú, y te apoyas como quién no quiere la cosa sobre la barandilla y miras al horizonte con la vista perdida, sin nada que encontrar. Si tuvieras la capacidad de ver a través de mis ojos, posiblemente harías lo mismo que yo, quedarte con la boca abierta. Tu cara brilla iluminada en mil tonalidades que centellean sin parar te da un aire lejano, como si realmente no estuvieras aquí, y yo ya no sé qué hacer. Me acerco a ti, te rodeo con mis brazos y me quedo ahí, como un tonto, disfrutando contigo de ese momento que sé que para ambos es especial, completamente seguro de que lo aprecias tanto como yo. Y casi sin querer mis manos y las tuyas se chocan, y mis dedos acarician tus brazos, recorriéndolos hasta la punta de la uña, y noto como tú me devuelves el gesto. Cierro los ojos y me concentro en tu tacto, y de repente todo el vello de mi brazo se eriza, mientras un escalofrío recorre mis hombros, mi cuello, mi espalda…Vaya, parece que el soplo de aire fresco que nos acompaña ha decidido hacer travesuras y jugarme una “mala pasada”. Sólo espero que no te hayas dado cuenta, porque entre él y mi sonrisa de niño pequeño me están delatando por completo.
 Nuestra mesa está lista según parece, así que vamos a sentarnos. Durante la cena nos sorprendemos con un par de cosas (porque no sé cómo definirlas) que nos gustan, aunque creo que ambos estamos deseando apartar alguna otra. Nos va a salir cara la jugada, podría decir cualquiera de los dos, pero sería una bobada. Volvería a pagar lo que fuera por repetir lo que ha sucedido hasta ahora. -Déjate de postres, vamos a tomar algo juntos por el camino- te digo. Tienes que admitir que es una idea estupenda, porque pocas cosas se disfrutan más que un último momento de glotonería antes de llegar a casa, y más si el plan conlleva algo dulce. Aún nos sobra tiempo para un par de bromas más, un par de tirones de carrillo, e incluso un par de besos amistosos que demuestran que este cariño nuestro, esta compenetración que tenemos, esta facilidad para hablar de todo y al segundo disfrutar de un silencio cómodo y tranquilo…es total. -Vaya, empieza a hacer frío- me dices, aunque yo apenas me había fijado. Y de pronto lo entendí. 
 No son corrientes, no es el viento. Eres tú. Nada ni nadie nos perseguía. Ese impulso, esa bocanada de alegría que levanta hasta el último de los pelos de mi brazo, esa sensación casi eléctrica de no poder moverme cuando estoy cerca de ti, esa sensación de calor que me recorre cuando tu sonríes…Tú eres el soplo de aire fresco que ha hecho que aquel día (¿o está ocurriendo ahora?) sea uno de esos en los que me siento realmente vivo, en los que noto cómo la alegría recorre cada neurona dentro de mí, en los que nada y todo importa.
 En resumen, un día en el que descubres el auténtico significado de la palabra Felicidad.


“Las mejores cosas de la vida no son cosas”

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