Un pequeño contacto. Es todo lo que necesito para comenzar a
escuchar una historia con tintes de leyenda popular. Muchos más la contarán,
pero nadie como puedo hacerlo yo. Escúchalo, ¿lo oyes?. Es mi piel, pidiéndote
que no me sueltes. Sigue narrando, que estoy disfrutando de cada sílaba que no
pronuncias. Acaricia mis páginas, siente los escalofríos que recorren cada uno
de mis renglones. Escribe con tus manos, píntame, que yo seré tu lienzo. Y por
favor, hazlo de forma alocada y sin sentido, sin puntos ni comas. ¿O es que
acaso no sientes los celos de cada célula que no recorres, la envidia de cada
uno de los espacios que dejas entre palabra y palabra?
Así, no pares. Que tus yemas en mi espalda redacten la
portada de mañana. Aráñame, que las diez plumas afiladas de tus dedos son
pequeños Harakiris al Cupido que decidió no dispararme su flecha. Jódete
Cupido, me he cambiado de editorial. Y si has disfrutado del prólogo, siéntate
y espera. Que no hay nada más excitante que mi lengua arrancando momentos
íntimos consonante a consonante. Deja que ella ponga las vocales, y esas sí,
que suenen bien alto. Que nuestra saliva moje los folios uno por uno, hasta
finalizar este diccionario encuadernado por mis sábanas.
Dios, creo que esta historia se nos está yendo de las manos.
No es un final de cuento, pero qué sordos están los vecinos si no escuchan cada
una de nuestras mayúsculas, cada uno de nuestros embistes, cada una de nuestras
pasiones, desplazándose por nuestros brazos, nuestras piernas, nuestros labios.
Que sabrá Ulises de Odiseas si no ha sentido tu mano en su nuca. Que Dante
caiga al infierno, que arda Troya, que no existe fuego como el del cierre de nuestra
Epopeya.
No hay epílogo alguno que escribir, ya está el tintero
vacio. Y sin embargo, aún está todo por decir.
Porque la boca habla, los gestos cuentan, y la mano escribe.
Pero es la piel la que narra las historias más bellas jamás no escuchadas.