domingo, 9 de noviembre de 2014

España: una, grande y perdida.


 “No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos” Albert Einstein

España, desde hace ya unos cuantos años, se ha convertido en uno de los mayores ejemplos de decadencia gubernamental, moral, y sobre todo, intelectual, en toda Europa. Y pese a que nos encante tirar pelotas al tejado de la casta política, o mejor aún, tirar piedras a la policía nacional, lo cierto es que no nos damos cuenta de dónde se arraiga la raíz del problema; en nosotros.
Si tuviéramos que definir al español medio, nos bastaría con nombrar dos características que dejan entrever ya las causas de nuestra situación actual. La primera y más indudable es que el español sabe de todo. Da igual cuál sea el tema de conversación, ya que cualquiera de nuestros compatriotas tendrá una opinión madura, bien formada, y sobradamente fundamentada (véase la ironía) que defenderá con uñas y dientes a costa de su propio idiotismo. Y la segunda y no menos importante es que un español es la marioneta más cómoda y fácil de manejar del mercado del juguete. Tan solo llénale de información confusa y entremezclada, y observa como su cabeza se llena de datos y frases preestablecidas que serán captados como verdad absoluta sin ningún tipo de duda previa.
Así nos va. El español es el único ser sobre la tierra capaz de quejarse sobre la crisis (que gran palabra) y criticar a aquellos que se manifiestan contra ella en un mismo día. Es el único que ensucia el nombre de su país con miles de insultos como peculiar manera de protestar por su frágil situación económica, y que más tarde gastará los ahorros de una larga temporada y se pintará la cara con su bandera para animar a un equipo de 22 mercenarios que perciben más dinero en un mes que él/ella en toda su vida. Fútbol, el opio del pueblo…Dale a un español fútbol y noticias sobre el Ébola, y disfruta metiendo la mano en su bolsillo. Puedes estar tranquilo, no va a enterarse de nada.

Para aquellos que piensen que frivolizo con un tema tan grave y actual como es el Ébola, sepan que como profesional sanitario que soy, me lo tomo muy en serio. Pero me gustaría recordar a mucha gente que mientras los casos de posible contagio (ni siquiera son asegurados) por dicha enfermedad en nuestro país no han  alcanzado siquiera el centenar, otra enfermedad mucho más grave se extiende entre nosotros como una verdadera pandemia: la pobreza. Ya en 2013 el 21´8% de la población vivía bajo el umbral de la pobreza, y un 6´8% eran casos severos (menos de 307 euros al mes), según datos de la EAPN. Estos datos suponen respectivamente unos 9 millones y 3 millones de personas aproximadamente. No concuerdo en prácticamente ninguna de las “ideas” que nuestra actual ministra de Sanidad ha propuesto a lo largo de los últimos años, pero el trato que le estamos dando no me parece justo. Mucha gente de a pie pide su dimisión porque no ha sabido llevar la situación o porque las medidas que han sido tomadas han sido insuficientes e improvisadas. Es más que evidente que la señora Ana Mato se ha visto desbordada por este problema, pero ¿qué esperaban? La enfermedad del Ébola ha sido inexistente para España durante años, nunca nadie se preocupó por ella, y de ahí la falta de medios para afrontarla. Parece que todos saben cómo abordar el tema, todos conocen las formas de contagio del virus, todos conocen los protocolos de seguridad que deberían haberse tomado en una situación de esta índole. De todos aquellos que tanto saben ¿Cuántos han propuesto una solución real? Yo les diré la respuesta, ninguno.
Abandonemos la hipocresía que de cara a toda Europa nos define, dejemos de un lado todos los falsos prejuicios que nos caracterizan, y sobre todo, abramos los ojos. No nos dejemos engañar, distraer, o manipular por información dirigida y canalizada con un único objetivo, la idiotización social masiva. Como dijeron mis padres, y seguramente los vuestros: Que el árbol no te impida ver el bosque.


                                                                                                                              

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Un soplo de aire fresco

Un soplo de aire fresco. Así se hace sentir cuando llega, realzándose a sí misma, trayéndome su perfume apenas perceptible, suave e hipnotizante. Bamboleando su pelo liso y negro, de un lado hacia el otro, como si del ala de un cuervo en pleno vuelo se tratara. Con esos pantalones vaqueros que tan bien le sientan, y esa sudadera que le hace parecer una niña enjaulada en el cuerpo de la mujer más bonita que jamás haya visto. Me ve, y anda rápido hacia mí, con ese caminar suyo tan nervioso, típico de esa persona que es ella, pura vida. Y aquí está, a mi lado, como si todo ese tiempo que tan largo se nos hizo sin poder vernos se esfumara sin más, dejando únicamente mil historias por contar. Está tan cerca que percibo cada detalle. Sus ojos, oscuros y saltones, mezcla entre cielo y abismo. Sus orejas, camufladas bajo el vaivén de su melena, mostrando unos pendientes sencillos, bonitos y elegantes, vivo reflejo de sí misma. Y su sonrisa…si sólo pudiera disfrutar de un momento con ella, sin duda sería este. Ese preciso segundo antes de decir mi nombre, ese instante en que su boca se transforma en la más bonita de sus curvas, ese lapso de tiempo en que incluso el frío, las nubes, la noche cayendo lentamente sobre Madrid…todo eso se aparta y se postra ante ese repentino y fugaz rayo de luz que calienta y reconforta.
 Y entonces nos abrazamos, nos reímos, y tú me preguntas que tal estoy. Nunca mejor, podría haberte respondido. Pero soy idiota, y me conformo con un inaudible bien que apenas percibes. Paseamos durante mucho tiempo, disfrutando de las vistas y recovecos que la capital esconde entre sus altos edificios. Y parece que a cada paso que damos, recordamos algo nuevo que aún no nos hemos contado, y no paramos de charlar sobre todos los temas importantes que nos atañen, mezclados en un popurrí de bromas y chorradas de las que sólo nosotros podríamos reírnos. Vaya, parece que ese soplo de aire fresco te persigue allí donde vas, porque no dejo de notarlo, levantando mi ánimo hasta límites insospechados.
 Y nos dieron las diez y las once, como diría Sabina. La cuestión es que el hambre empieza a hacerme rugir la tripa más de la cuenta, y sin duda te has dado cuenta. Te ríes. Qué vergüenza, pienso para mí. Pero no puedo evitar reírme contigo, porque en verdad, es lo que más me apetece. Porque contigo, no hay cosa incómoda, no hay tabús, no existen más límites que nosotros mismos. -¿Tienes hambre?- me preguntas. Como si no supieras la respuesta. No sé a dónde nos dirigimos, pero la verdad, tampoco me importa. De repente llegamos a un edificio que jamás había visto, me dices que entre, subimos al ascensor, y voilá. Si esto no es la vista más alucinante de todo Madrid, que venga alguien y me pellizque. Las luces de cada piso, cada comercio, cada farola…todas parecen formar un laberinto de colores que esperan a ser descubiertos desde esta terraza. Qué maravilla. Y entonces llegas tú, y te apoyas como quién no quiere la cosa sobre la barandilla y miras al horizonte con la vista perdida, sin nada que encontrar. Si tuvieras la capacidad de ver a través de mis ojos, posiblemente harías lo mismo que yo, quedarte con la boca abierta. Tu cara brilla iluminada en mil tonalidades que centellean sin parar te da un aire lejano, como si realmente no estuvieras aquí, y yo ya no sé qué hacer. Me acerco a ti, te rodeo con mis brazos y me quedo ahí, como un tonto, disfrutando contigo de ese momento que sé que para ambos es especial, completamente seguro de que lo aprecias tanto como yo. Y casi sin querer mis manos y las tuyas se chocan, y mis dedos acarician tus brazos, recorriéndolos hasta la punta de la uña, y noto como tú me devuelves el gesto. Cierro los ojos y me concentro en tu tacto, y de repente todo el vello de mi brazo se eriza, mientras un escalofrío recorre mis hombros, mi cuello, mi espalda…Vaya, parece que el soplo de aire fresco que nos acompaña ha decidido hacer travesuras y jugarme una “mala pasada”. Sólo espero que no te hayas dado cuenta, porque entre él y mi sonrisa de niño pequeño me están delatando por completo.
 Nuestra mesa está lista según parece, así que vamos a sentarnos. Durante la cena nos sorprendemos con un par de cosas (porque no sé cómo definirlas) que nos gustan, aunque creo que ambos estamos deseando apartar alguna otra. Nos va a salir cara la jugada, podría decir cualquiera de los dos, pero sería una bobada. Volvería a pagar lo que fuera por repetir lo que ha sucedido hasta ahora. -Déjate de postres, vamos a tomar algo juntos por el camino- te digo. Tienes que admitir que es una idea estupenda, porque pocas cosas se disfrutan más que un último momento de glotonería antes de llegar a casa, y más si el plan conlleva algo dulce. Aún nos sobra tiempo para un par de bromas más, un par de tirones de carrillo, e incluso un par de besos amistosos que demuestran que este cariño nuestro, esta compenetración que tenemos, esta facilidad para hablar de todo y al segundo disfrutar de un silencio cómodo y tranquilo…es total. -Vaya, empieza a hacer frío- me dices, aunque yo apenas me había fijado. Y de pronto lo entendí. 
 No son corrientes, no es el viento. Eres tú. Nada ni nadie nos perseguía. Ese impulso, esa bocanada de alegría que levanta hasta el último de los pelos de mi brazo, esa sensación casi eléctrica de no poder moverme cuando estoy cerca de ti, esa sensación de calor que me recorre cuando tu sonríes…Tú eres el soplo de aire fresco que ha hecho que aquel día (¿o está ocurriendo ahora?) sea uno de esos en los que me siento realmente vivo, en los que noto cómo la alegría recorre cada neurona dentro de mí, en los que nada y todo importa.
 En resumen, un día en el que descubres el auténtico significado de la palabra Felicidad.


“Las mejores cosas de la vida no son cosas”