Un gato negro que pasó bajo una escalera apoyada en los restos de un espejo roto, felino de buena ventura. Pura coincidencia. Una bolsa de papel repleta de naranjas que se rompe a la puerta del supermercado, manos entrecruzadas, miradas devorándose. Coincidencia, nada más. Reloj adelantado en la muñeca de aquel que llega tarde a su propia vida, retrospección y puesta a punto. La más grande de las coincidencias. Sirenas de camiones, bomberos extinguiendo un infierno, avivando sin quererlo con su llegada la llama de la esperanza en los ojos de familias temerosas, que lloraban intentando ayudar a las mangueras. Todo coincide. Autobús equivocado, paseo mañanero, destinos de ensueño que al final nos encontraron. Coincidió que coincidía. El son de una guitarra, melomanía y alcohol, tres metros de hierba fresca, mar verde de distancia que nadamos hasta hallarnos en el mismo barco. Coincidencia pura y dura…
¿Coincidencias? Así las llaman, pero hace mucho que dejé de creer en cuentos de hadas.
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