Un soplo de aire fresco. Así se hace sentir cuando llega,
realzándose a sí misma, trayéndome su perfume apenas perceptible, suave e
hipnotizante. Bamboleando su pelo liso y negro, de un lado hacia el otro, como
si del ala de un cuervo en pleno vuelo se tratara. Con esos pantalones vaqueros
que tan bien le sientan, y esa sudadera que le hace parecer una niña enjaulada
en el cuerpo de la mujer más bonita que jamás haya visto. Me ve, y anda rápido
hacia mí, con ese caminar suyo tan nervioso, típico de esa persona que es ella,
pura vida. Y aquí está, a mi lado, como si todo ese tiempo que tan largo se nos hizo sin poder vernos se esfumara sin más, dejando únicamente mil historias por
contar. Está tan cerca que percibo cada detalle. Sus ojos, oscuros y saltones,
mezcla entre cielo y abismo. Sus orejas, camufladas bajo el vaivén de su
melena, mostrando unos pendientes sencillos, bonitos y elegantes, vivo reflejo
de sí misma. Y su sonrisa…si sólo pudiera disfrutar de un momento con ella, sin
duda sería este. Ese preciso segundo antes de decir mi nombre, ese instante en
que su boca se transforma en la más bonita de sus curvas, ese lapso de tiempo
en que incluso el frío, las nubes, la noche cayendo lentamente sobre
Madrid…todo eso se aparta y se postra ante ese repentino y fugaz rayo de luz
que calienta y reconforta.
Y entonces nos
abrazamos, nos reímos, y tú me preguntas que tal estoy. Nunca mejor, podría haberte
respondido. Pero soy idiota, y me conformo con un inaudible bien que apenas
percibes. Paseamos durante mucho tiempo, disfrutando de las vistas y recovecos
que la capital esconde entre sus altos edificios. Y parece que a cada paso que
damos, recordamos algo nuevo que aún no nos hemos contado, y no paramos de
charlar sobre todos los temas importantes que nos atañen, mezclados en un
popurrí de bromas y chorradas de las que sólo nosotros podríamos reírnos. Vaya,
parece que ese soplo de aire fresco te persigue allí donde vas, porque no dejo
de notarlo, levantando mi ánimo hasta límites insospechados.
Y nos dieron las diez
y las once, como diría Sabina. La cuestión es que el hambre empieza a hacerme
rugir la tripa más de la cuenta, y sin duda te has dado cuenta. Te ríes. Qué
vergüenza, pienso para mí. Pero no puedo evitar reírme contigo, porque en
verdad, es lo que más me apetece. Porque contigo, no hay cosa incómoda, no hay
tabús, no existen más límites que nosotros mismos. -¿Tienes hambre?- me preguntas.
Como si no supieras la respuesta. No sé a dónde nos dirigimos, pero la verdad,
tampoco me importa. De repente llegamos a un edificio que jamás había visto, me
dices que entre, subimos al ascensor, y voilá. Si esto no es la vista más
alucinante de todo Madrid, que venga alguien y me pellizque. Las luces de cada
piso, cada comercio, cada farola…todas parecen formar un laberinto de colores
que esperan a ser descubiertos desde esta terraza. Qué maravilla. Y entonces
llegas tú, y te apoyas como quién no quiere la cosa sobre la barandilla y miras
al horizonte con la vista perdida, sin nada que encontrar. Si tuvieras la capacidad
de ver a través de mis ojos, posiblemente harías lo mismo que yo, quedarte con la
boca abierta. Tu cara brilla iluminada en mil tonalidades que centellean sin
parar te da un aire lejano, como si realmente no estuvieras aquí, y yo ya no sé
qué hacer. Me acerco a ti, te rodeo con mis brazos y me quedo ahí, como un
tonto, disfrutando contigo de ese momento que sé que para ambos es especial,
completamente seguro de que lo aprecias tanto como yo. Y casi sin querer mis
manos y las tuyas se chocan, y mis dedos acarician tus brazos, recorriéndolos
hasta la punta de la uña, y noto como tú me devuelves el gesto. Cierro los ojos
y me concentro en tu tacto, y de repente todo el vello de mi brazo se eriza,
mientras un escalofrío recorre mis hombros, mi cuello, mi espalda…Vaya, parece
que el soplo de aire fresco que nos acompaña ha decidido hacer travesuras y
jugarme una “mala pasada”. Sólo espero que no te hayas dado cuenta, porque entre
él y mi sonrisa de niño pequeño me están delatando por completo.
Nuestra mesa está
lista según parece, así que vamos a sentarnos. Durante la cena nos sorprendemos
con un par de cosas (porque no sé cómo definirlas) que nos gustan, aunque creo
que ambos estamos deseando apartar alguna otra. Nos va a salir cara la jugada,
podría decir cualquiera de los dos, pero sería una bobada. Volvería a pagar lo
que fuera por repetir lo que ha sucedido hasta ahora. -Déjate de postres, vamos
a tomar algo juntos por el camino- te digo. Tienes que admitir que es una idea
estupenda, porque pocas cosas se disfrutan más que un último momento de
glotonería antes de llegar a casa, y más si el plan conlleva algo dulce. Aún
nos sobra tiempo para un par de bromas más, un par de tirones de carrillo, e
incluso un par de besos amistosos que demuestran que este cariño nuestro, esta
compenetración que tenemos, esta facilidad para hablar de todo y al segundo
disfrutar de un silencio cómodo y tranquilo…es total. -Vaya, empieza a hacer
frío- me dices, aunque yo apenas me había fijado. Y de pronto lo entendí.
No son corrientes, no es el viento. Eres tú.
Nada ni nadie nos perseguía. Ese impulso, esa bocanada de alegría que levanta
hasta el último de los pelos de mi brazo, esa sensación casi eléctrica de no
poder moverme cuando estoy cerca de ti, esa sensación de calor que me recorre
cuando tu sonríes…Tú eres el soplo de aire fresco que ha hecho que aquel día
(¿o está ocurriendo ahora?) sea uno de esos en los que me siento realmente
vivo, en los que noto cómo la alegría recorre cada neurona dentro de mí, en
los que nada y todo importa.
En resumen, un día en el que descubres el
auténtico significado de la palabra Felicidad.
“Las mejores cosas de la vida no son cosas”