Las luces se apagan, y suena nuestra tenebrosa melodía. Queríamos empezar con un toque tétrico, y vaya si lo conseguimos. Empieza el juego.
Me subo a la tarima, agarro el micrófono, y miro al público. Veo caras sonrientes, otras impacientes, alguna indiferente. Pero a mi ya me da igual. Ahora sólo estoy centrado en mi próxima tarea, disfrutar.
Comienza a sonar la primera instrumental. Si había algún resquicio de nervios dentro de mí, os puedo jurar que ha desaparecido por completo. Siento seguridad, la seguridad de tener a mi lado no a un compañero, a otro rapero, sino a un amigo. La seguridad de que en primera fila aguardan otros tantos, los de siempre, que se suele decir. Bueno, pues me toca, como dice mi canción. He perdido el sentido del tiempo, del espacio. He perdido la noción de la vergüenza, de la expresión de mi cara. Pero he obtenido algo a cambio. Tengo poder. Tengo el poder de conseguir que la gente sonria, que salte, que chille, que cante. Tengo la capacidad de que sientan lo mismo que siento yo; que durante media hora, no existen los problemas.
Media hora de sudor, de ronquera, de gritos, de música...de felicidad.
Gracias a todos por brindarme esa media hora durante la cual, soy el tipo más feliz del mundo. Y es aún mejor que eso, porque la felicidad, si es compartida, sabe mejor.
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