Desde tiempos inmemorables el ser humano ha buscado el agrupamiento como método de supervivencia y de relación, como grupos de simios hace millones de años, como clanes no mucho después, en algunas de sus etapas evolutivas, como pueblos, ciudades, y un sin fin de asociaciones que podríamos denominar para referirnos a ello. Estas asociaciones daban grandes ventajas al grupo, pero también han causado siempre disputas y conflictos entre sus miembros. Por ello, el ser humano ha buscado siempre métodos para organizarse y resolver estos problemas. De esta forma, unos elegían un líder (o este se autoproclamaba mediante el uso de su fuerza), otros preferían unirse a debatir, y con el paso del tiempo hemos podido comprobar como estos sistemas han ido evolucionando hasta procesos como la democracia parlamentaria, y la creación de organismos como el Poder Legislativo (capacidad de creación de leyes) o el Judicial (capacidad de judgar si alguien ha incumplido o no una ley). Estos poderes aparecen a veces separados, o a veces incluso concentrados en un ente o grupo de personas muy reducido. Y son estos grupos los que han ido formando una cultura legal que, junto con las costumbres y los valores que adoptamos, son nuestra guía en la toma de decisiones y en la valoración de las mismas. Y aquí yace la primera limitación de este sistema.
Todo este conjunto de leyes, de valores, de costumbres, y de cualquier otro tipo de idea que pueda tomar parte en la toma de una decisión o juicio está basada en algo que nos ha sido transferido y enseñado por otras personas, y que volviendo atrás en el tiempo están fundamentados en principios cambiantes según factores como el lugar del que provenimos, el avance cultural disponible, la riqueza, las características poblacionales, el modo de poder establecido, y un sin fin de ellas más. Por ello, existen a menudo discordancias entre distintas poblaciones acerca de los modos de pensar, la manera de afrontar un conflicto, o abstrayéndonos mucho más, de lo que está bien y lo que está mal.
La imparcialidad es un criterio de justicia que sostiene que las decisiones deben tomarse con base a criterios objetivos, sin influencias de sesgos, prejuicios o tratos diferenciados por razones inapropiadas.
El humano crea todo este conjunto de medidas en pos de cubrir unas necesidades que nacen de acuerdo a las peticiones de la sociedad que pretende regular, y esto lleva inevitablemente a la parcialidad.
Preguntémonos sino por qué en un lugar casarte y tener una amante es socialmente repelido, y sin embargo otros países permiten la poligamia. ¿Es peor su normativa o su costumbre? No lo creo.
Cualquier decisión que tomemos está sujeta a la parcialidad, ya que inconscientemente nuestros juicios personales vana buscar respuesta a lo que nuestra mente tiene almacenado como resolución al problema que se nos plantee, idea que jamás será igual en todo lugar geográfico del mundo. Esto lo podemos denominar sesgo de localización.
También encontraremos que en una misma asociación social, distintos miembros no comparten el mismo juicio por características étnicas, económicas, sexuales, personales, religiosas...Este será el sesgo de rol social, y es tal vez el más amplio de todos.
Y hemos de darnos cuenta que además, 1) esa idea de la que hablo ha sido introducida por aquel que nos lo enseñó, y que esa persona la habrá introducido en la medida en que haya considerado oportuna. 2) Por supuesto, estas ideas pueden ir transformándose a medida que las ponemos en práctica y vemos sus resultados en nuestra vida diaria. Aquí es donde encontramos el sesgo de aprendizaje:
1) Sesgo de aprendizaje externo
2) Sesgo de aprendizaje interno
Y por si fuera poco, no todas las ideas que nos son introducidas son siempre utilizadas en la misma medida, ya que en cualquier decisión influye el contexto de la misma, habiendo momentos en que podemos actuar en contra de nuestros principios en pos de un beneficio personal o ajeno, o atribuirle a una situación más o menos importancia según qué nos rodea. Este último será el sesgo de contexto.
Todos estos determinantes contribuyen a la parcialidad y la relatividad de forma inexorable.
Y sin embargo, como ya antes hemos especificado, nos vemos en la obligación de adoptar ciertas normas que son de "común acuerdo" y que regulan la convivencia humana, así como su relación con el medio y las situaciones planteadas. Por ello creo necesario la introducción del término Imparcialidad Relativa*, designando con él la capacidad de tomar una decisión o de dar una valoración (a la que cual llamaríamos comúnmente imparcial) dentro de unos prejuicios personales acordes con lo normativamente aceptado, pero con capacidad de adaptación y superación de todos los sesgos anteriormente nombrados. Deberíamos decir que para dar una decisión de una imparcialidad relativa muy alta, tendríamos que ser capaces de realizar una valoración empática*.
A continuación veremos un ejemplo de esto anteriormente explicado. Planteemos una situación en la que yo, joven de 21 años español criado en una familia de clase media y con todas mis características personales, me encuentro ante la siguiente problemática. Dos personas discuten porque una de ellas ha hecho un comentario blasfemo, y la otra, de catolicismo convencido, se lo ha recriminado. Mi reacción normal sería (y la tomaremos como respuesta estándar ante todas las propuestas que haré a continuación) tratar de finalizar la disputa, separando a los enfrentados.
Ya podemos observar un primer sesgo del tipo rol social: Mi papel en una disputa es el de creación de paz, el intento de calmar la situación, sin ponerme a favor de uno u otro dejando de lado mis ideas. Pero el hecho de actuar ya me diferencia de una persona que ante la misma situación, decide no entrometerse. También debido a mis ideas podría tomar más parte por uno u otro, lo cual me llevaría a introducir mi ideología religiosa en mi toma de decisiones.
Imaginemos que este problema se da en un país en que la cultura religiosa es más profunda que España. Es posible que el blasfemo salga peor de esa situación, y que yo comprendiera más a aquel que defiende sus ideas religiosas, aunque mi actuación consistiera igualmente en separarlos sin introducir mis ideas de por medio. Por ello, el lugar está influyendo en mi juicio, dando un sesgo de localización.
Añadamos ahora a esta situación el hecho de que mi familia me hubiera enseñado que si tengo que tomar parte en una disputa, debo hacerlo utilizando la fuerza. Podría hacerlo, o tal vez debido a situaciones similares anteriores en las que el empleo de la fuerza fue un fracaso, decida tratar de dialogar con ambos. Esto lo consideraremos un sesgo de aprendizaje.
Y ahora, consideremos esta misma disputa, dándose en medio de la calle, o a la puerta de una Iglesia (o cualquier edificio religioso). Es fácil pensar que exigiremos más respeto al blasfemo cerca de un edificio religioso (donde más gente puede sentirse ofendida) que en medio de la calle, y también afectará a nuestro juicio de la situación.
De aquí podemos sacar dos conclusiones básicas: la primera es que en cada situación entran en juego todos los factores anteriormente nombrados, y la calidad de nuestro juicio vendrá dada por la unión de todos ellos. No debemos confundir nuestra valoración con nuestra actuación posterior, ya que pese a un juicio muy sesgado, podemos realizar una actuación que sobrepase esos sesgos, lo cual representaría una actuación empática*. La segunda conclusión es que ningún sesgo tiene un límite claro que lo distinga de otro, ya que cada situación puede llegar a un alto nivel de complejidad, y ninguno de los anteriormente descritos puede abarcar por si solo una problemática.
" La imparcialidad no es más que el reflejo de la ignorancia de aquel que cree imponer una verdad sujeta a su propia parcialidad."
***Pendiente de revisión***
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