De los recuerdos arraigados, estas cárceles.
Mis andenes sin cartel, sin tren y sin revisor.
Perdido y a ciegas en la siniestra habitación
con dirección sin sentido de nuestros raíles.
No son formas educadas las tuyas. De hecho,
no son de provecho ninguna de tus palabras
ahogadas en la selva de helechos de memorias
regadas de más por lágrimas de cocodrilo.
Me excedí borrando tu calor, de ahí mi hielo.
La cuestión es que ambos terminan quemando al hombre.
Al igual que lo hizo cada mal trago de celos.
Envenenan grado a grado, muy lento, mi sangre.
Mis juicios, otra vez tirado en el sucio suelo
me declararon de inocencia absurda culpable.
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