Y el muro va cayendo, ladrillo a ladrillo...
Una mirada cómplice. Conocía tus intenciones desde que me miraste la primera vez. Y tú las mías. Y aún así me mantuve escéptico ante ti. Mi cabeza no alcanzaba a entender como esos ojos verdes podían clavarse en los míos como las espinas de una rosa lo harían en mi mano cuando fuese a arrancarla para ti. ¿Pero quién quiere una rosa?. Al fin y al cabo sólo es un símbolo más del materialismo con el que tratamos el amor y el cariño hacia una persona. El amor...cuánto hablamos de él y que poco lo conocemos. Si ayer me hubieran preguntado si lo que sentía era amor, habría respondido que no lo sé. ¿Miedo? Tal vez.
Si algo se a ciencia cierta es que ese muro del que tanto hablabas se hizo trizas. Las horas pasaron. Había algo que, sin embargo, permanecía intacto. Posiblemente desconozca toda la vida que fue lo que me ató esa tarde a tí, lo que hizo que me durmiera tumbado a tu lado con esa sensación de seguridad que tu abrazo me transmitía. Pero realmente...¿ necesito un por qué? ¿Acaso necesita un por qué el cariño, el respeto? Un alma no necesita llenarse de preguntas y respuestas, y yo no necesito preguntarme por qué cada beso era saltar a un precipicio. No conocía lo que había en el fondo de aquel oscuro secreto que tus labios encerraban. Pero salté.
Dicen que una mirada dice más que mil palabras. Mis ojos cerrándose al notar el tacto de tu mano en mi cara, mi respiración pausada, esa paz...aún no existen folios para plasmar eso.
Gracias por llenarme con tu silencio. Se despide de tí un pobre hombre con ansia por ser poeta.
Un ladrillo menos.
Otro menos para mí... Sin palabras (o con tantas que no saben como salir al exterior);)
ResponderEliminar